Arde el Palacio de Buckingham y cinco
son los pirómanos. Ni siquiera la inmediatez del éxito de su debut "Orchestra
of Wolves" (2007) ni los agobios que sufrieron por la prensa del
Reino Unido, confabularon la línea valórica de estos cinco armamentistas
del punk rock en clave clásica. Gallows no es un vil invento de
comunicadores antojadizos y obsesivos por crear fenómenos para pagar sus
cuentas y levantar sus publicaciones; tampoco corresponde a la sarta de
jovencitos obnubilados con las billeteras gordas, las groupies,
auspicios de marcas y cinco portadas al minuto… lo que acátenemos es una
total excepción a la regla.
Llegar a hablar de rabia y trazos
viscerales para contextualizar una entrega de Gallows no es una
novedad centelleante, claro está, pero si rememoramos el rechazo macro
que reflejó en todos sus seguidores, el millonario fichaje por un millón
de libras que realizó el grupo con Warner el año pasado (para registrar
tres publicaciones bajo el alero de dicha multinacional), las
anotaciones comienzan a tomar otra forma.
Pero bien, la fachada yace intacta y
es más, la colérica combustión que confluye en estos trece pelotazos
alimentados por la pericia de Garth Richardson, sorprenden desde
todos los canales. Primero, por la raigambre densa como neblina
escandinava que traslucen las canciones de “Grey Britain”. Se
antepone la furia destemplada de otrora, por un sonido rebosante en
contundencia y que respira desde las cuerdas del bajo de Stuart
Gili-Ross hasta la garganta enardecida de Frank Turner.
“La reina está muerta”,
exclama Turner en el tremebundo gatillo de inicio aportado por ‘The Riverbank’ y la propuesta madre que encauza el concepto
del disco es latente: la completa decadencia de Gran Bretaña. La
abrasión sin limitantes de ‘London Is The Reason’ da en
detalle un vigor calibrado, sin perder la munición del hardcore
genérico, tal como profesa la incendiaria ‘Leeches’, que
rompe con bases adheridas en un grado muy remitente a los buenos tiempos
de Rage Against The Machine.
Cual seminario de rock gamberro se
imponen ‘Black Eyes’ y ‘I Dread The Night’.
También resalta la esencia de ‘Death Voices’, una
magnífica gema digna de coreo multitudinario de barra brava y que cuenta
con el apoyo en las estrofas principales de los Cancer Bats.
Pasamos a la opera prima del LP,
‘The Vulture Acts I & II’, vestigio colosal acerca de las reales
potencialidades de Gallows y el porqué han llegado, en tan sólo
un par de años, más arriba que cualquier símil del circuito hardcore
punk. Frank toma la batuta y en la partida acústica enrostra a
los enemigos de su registro, desnudando una faceta casi de trovador,
todo rompiéndose en mil pedazos con un cambio de velocidad de segundos y
un cierre devastador. Una composición alucinante, llena de brutales
estribillos y Turner desbordando su timbre hasta el límite.
Algunas líneas de “Orchestra of
Wolves” continúan en ‘The Riverbed’, trallazo de hardcore en
pie southern, emparentado sin duda con varios de los exponentes más
rockeros de la nueva escuela americana (Every Time I Die, The Showdown).
También la cercanía con los testamentos ochentesos de Black Flag
y Circle Jerks se expulsan en las melodías de ‘Grave’,
temón acompañado por Simon Neil de los cada vez más reconocidos
Biffy Clyro.
Gallows añade su jugada
maestra. Una bocanada fulminante hacia el mismo establishment del cual
han usufructuado para levantar su música y a la vez ningunean sin
compasión. “Grey Britain” acaba con los juicios y deja a los
trendsetters de la prensa inglesa (NME, Kerrang) como unos completos
idiotas. Bien hecho.